Y tengo ganas de escribir. De decirle al mundo lo harto que estoy del mismo. De gritar tu nombre aunque ya no me escuches. De tratar de olvidarte recordándote.

El sentido estricto de mis palabras es el mismo que hace al flamenco decidir sobre qué pata se posa para dormir esta noche: Ninguno. No tengo sentido, ni objetivo, ni meta. Solo sé que tengo ganas de escribir, de vivir cada una de estas letras, cada una de estas líneas. En ellas, aguarda un sentimiento que no puedo hacer más publico que de esta forma.

Tras un golpe, algunos ven la herida, otros el dolor y la marca, y yo ahora creo que veo que no estoy en el suelo, sino que aun aguanto de pie. Qué gran noticia, porque podré estar erguido cuando vengan los siguientes a golpearme.

A veces somos tan tontos… dejamos pasar los mejores momentos por delante nuestra, sin darnos cuenta de que quizá ya no vuelvan, y los ayudamos a que pasen rápido, envolviéndolos y disfrazándolos con un “ya vendrá otro mejor” para que nos duela menos cuando se marchan. Somos unos ilusos.
Un juego. La vida es un suceder de partidas, donde a veces ganas, y otras muchas, pierdes. Y nadie te pide permiso, ni te avisa cuando has empezado a jugar. Nadie se te acerca para susurrarte las reglas del torneo donde, sea como sea tu partida, al final, todos acaban sin más vidas y con un gran “Game Over” estampado sobre su firmamento.

Rabia. Es ese sentimiento o pensamiento, no lo tengo claro aún, que me provocan aquellos que pasan por la partida tratando de comerse el tablero, simulando que todo es fiesta y parranda, engañándose ellos mismos. Despertad, la partida puede acabar en cualquier momento.

Y tengo ganas de escribir, de volar lejos donde nada ni nadie pueda molestarme. La sociedad no es más que un recurso para que el que no puede soportarse tal y como es, comparta y atenúe su carga con otros que lo aguanten.

A veces los amigos no son suficientes, ni los familiares, ni los conocidos. A veces los paisajes no son lo suficientemente eternos como para ahuyentar nuestros problemas o preocupaciones fijando la vista en ellos. Hay momentos en la vida donde tenemos que, finalmente, hacernos cargo de nuestros cubos de Rubrick, y luchar por conseguir una cara, al menos, toda de un mismo color.

¿Qué fue de aquellos momentos de paz y de gloria, donde nada más, a parte de nuestro estomago y nuestros sueños, nos importaba? La edad inició su cruzada contra nosotros, contra nuestra esencia, y años después es cuando me doy cuenta de que va viento en popa, hacia su codiciada victoria.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Todo cambia, aunque no lo veamos. Todo se mueve, aunque parezca quieto. Todo es nada, y la nada es todo lo que tenemos.

Y tengo ganas de escribir. De decirle al mundo lo harto que estoy de él. De gritar tu nombre, de maldecir el tiempo y la distancia que me separaron de ti. No hay lágrimas, ya no quedan más en mis ojos. Márchate, tú y el mundo. Marchaos todos, dejadme solo. Que más vale solo, que mal acompañado. Marchaos, donde mi ira no pueda alcanzaros… porque si lo hace, no tendré piedad, ni vosotros dolor por conocer.

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