Serenamente, me cruzo de brazos y espero. No me preocupo del viento, de la marea, ni del mar. Ya no me esfuerzo contra el tiempo o el destino, porque a mi vendrá lo que sea para mí.

Detengo a mi prisa, me demoro, porque, ¿de qué me sirve esta marcha ansiosa? Me quedo entre los senderos eternos, y me enfrentaré con lo que me toque a mí.

Dormido, despierto, de noche o de día, los amigos que busco me están buscando; no hay viento que pueda desviar mi barca, ni cambiar el curso del destino. ¿Qué importa si me quedo solo? Espero con alegría los años venideros; mi corazón cosechará donde haya sembrado, y acopiará sus frutos de lágrimas.


Las aguas saben qué es lo suyo y trazan el arroyo que va saltando en aquellas colinas; así fluye el bien siguiendo la misma ley que el alma de deleites puros. Las estrellas surgen poderosas en el cielo; el agua surge en el mar.

Ni el tiempo, ni el espacio, ni lo profundo, ni lo alto pueden apartar de mi lo que es mío.


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