Todo comenzó una buena noche de cine. Me dispuse la hacer obligada parada al baño tras haber estado casi 3 horas viendo una película en el Thader, de las cuales 2 me pasé evitando auto-miccionarme.

Tras los créditos, me conduje raudo hacia los aseos, que curiosamente están casi en el lado opuesto del lugar, lo cual empeoraba si cabe aún más mi, ya en entredicho, vejiga, la cual comenzaba a mostrar similitudes con la presa Hoover.

Debo comentar que durante la película, me metí entre pecho y espalda 3/4 de litro de coca-cola fresquita, lo cual agraviaba bastante mi situación. Esto lo habríais notado al haberme visto maldecir la hora de la compra de citado refresco por un pasillo completo.

Finalmente, alcanzo a ver el pasillo el cual, tras doblar la esquina, albergaría mi pequeño rinconcito de paz y urea. Como alma que lleva el diablo, me decido a entrar en uno de los baños con puertecita, y me dispongo a evacuar el dorado elemento. Y es cuando ya creía que todo estaba controlado, cuando el destino me jugó una mala pasada: un estornudo. Sí señores. Un estornudo a mitad de meada. Por si eres una chica, esto para un hombre es de lo peor, a la par que de lo más difícil que te puede pasar. Pues sí, gané el sorteo. Menos mal que fui rápido, y logré controlar sin pérdidas no deseadas mi chorro justiciero.

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Pero si creíais que eso iba a quedar así, estáis equivocados. Esta noche, y este es el motivo de mi cuento galalaico, he vuelto a comprobar que el mundo del WC es muy duro conmigo. Son las 4 de la mañana. Me dispongo a ir al baño de la residencia, uno de los 4 que son compartidos por 30 personas de una misma planta. Normalmente busco horas en las cuales la gente no tienda a estar haciendo de cuerpo, por aquello de la higiene, y del corte. Son las 4 de la mañana de un Jueves recién parido, no creo que haya nadie, es imposible.

Pues bien, me dirijo al váter, examino cuidadosamente cuál está limpio, y escojo el último de los 4 por descarte: el primero está atascado, el segundo tiene la puerta cerrada, así que o bien está ocupado, o no tendrá muy buen olor, y el tercero tenía la luz rota. La victoria se acerca. Entro, cierro la puerta, dejo caer mis ropajes, y es entonces cuando experimentaré una de las sensaciones más sutiles a la par que desagradables de esta vida. Justo cuando mis mejillas gluteares alcanzan la taza, comprueban que, efectivamente amigos, la taza estaba aún caliente. Sí amigos, sí. Alguien acababa de hacer de vientre escasos segundos antes que yo, a las 4 de la mañana de un jueves, usando el mismo proceso deductivo que yo para escoger baño. Es inevitable el pensamiento, e incluso comenzar, sin quererlo, a hacerte consciente de que lo que respiras no es el olor a humedad típico del baño, sino los restos de la esencia de dicho individuo.

Espero que durmáis bien. Yo voy a la ducha.

Buenas noches.

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